La leyenda del Santo Bebedor. Joseph Roth.
Siempre se ha considerado una obra de culto, y no es para menos. Esta pequeña novela de apenas cien páginas condensa tanto arte literario, y tanto conocimiento de la vida, que es justo incluirla entre las grandes obras a rescatar de un naufragio.
Suele hablarse de pequeñas joyas al referirse a novelas cortas de gran calidad o contenido. En éste caso, lo de pequeña es cierto en extensión, la edición que tengo de Anagrama tiene unas cien páginas, y lo del término joya, está igualmente justificado.
Fue la última novela que publicó Joseph Roth, y en cierto modo podríamos incluso decir, como les gusta proponer en estos casos a los literatos, que fue su legado literario. Y es que, al igual que el protagonista de la novela, Roth pasó sus últimos años manteniendo una constante y profunda relación con el alcohol y la Fe, la literatura y la vida, la gracia y la esperanza, las relaciones y referencias personales volcadas sobre el libro con continuas.
Es una obra cuidada, con gran calidad literaria, como en general toda la obra de Roth, pero mucho más personal, más amena, en ocasiones irónica, una obra que para mi fue la primera aproximación al autor, y que desde luego te deja con ganas de conocer algo más de este autor, que también va cayendo poco a poco en el olvido.
Es una buena reseña la que se encuentra en la web de librerías Troa sobre esta obra, por lo que dejo el enlace para ampliar información.
Refiere la sipnosis de la obra, en la que un vagabundo de origen austrohúngaro, que vive bajo los puentes del Sena, se encuentra una noche a un enigmático caballero que le ofrece doscientos francos. El menesteroso, que tiene un severo sentido del honor, no quiere aceptarlos en principio, porque sabe que no podrá devolverlos; pero el desconocido le sugiere que los deposite ante una imagen de Santa Teresita de Lisieux. Desde ese momento, innumerables avatares se interpondrán en su camino, haciendo que sus dineros se consuman y multipliquen curiosamente.
Esta novela corta, publicada en París pocos meses después de la muerte de Roth en 1939, constituye una parábola lúcida y personal, dotada de una singular intensidad que, sin duda, se debe a la experiencia personal del autor con el alcohol y con los vaivenes personales indicados. Y de hecho así fue, incluso la muerte de Roth en cierto modo está presentida en la novela.
El atractivo fundamental de la obra no reside en las peripecias externas del personaje, aunque éstas se siguen con gran interés, sino en la situación límite en que el autor coloca a su personaje, que se debate entre el goce del despilfarro y el deber ineludible de cancelar su compromiso. Pero con un trasfondo mucho más profundo, la infinita misericordia.
Se trata de un texto original, de una narración estupenda marcada por la mano experta y creativa de un autor más que interesante. Sin embargo la obra va mucho más allá de una amena historieta. Ahí está algo profundo en la relación del autor con Dios, aunque Roth no es explícito, en esos años andaba a vueltas con su conversión, y de ello extraemos la idea del eterno perdón, de las mil oportunidades para la redención, todo ello relatado en una clave de comedia que a uno le puede hacer perder de vista este profundo tema que el autor sintió en su propia vida.
La primera edición del libro apareció, como hemos indicado a finales de 1939 en Ámsterdam, si bien por una editorial alemana. Aunque era el momento en que empezaba la guerra y el libro apenas pudo distribuirse. En la portada de la primera edición aparecía Santa Teresa de Lisieux, relacionando la profundidad religiosa con el alcohol y la vida del personaje.
La obra, anuncia de algún modo el misterio, emplea símbolos y mitos del Antiguo Testamento, y no es ajena a la gran crisis que se cierne sobre Europa, aunque la política no entra en la obra.
Joseph Roth fue un gran autor, y uno de los mejores cronistas de una época muy concreta de Europa. En sus obras, además del placer de la lectura, uno va encontrando y entendiendo las transformaciones de Europa del primer tercio del siglo XX, en una línea similar a la de su amigo Stefan Zweig, a quien tantas veces citamos en esta web de autores con valores.
Son destacables también otras obras suyas, como Job, Fuga sin fin, La cripta de los capuchinos y La marcha Radetzky (1932), ésta última es además una estupenda crónica histórica de la decadencia y caída del imperio austrohúngaro a través de la historia de una familia, la caída de todo un mundo.






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